El verano es para volver

Vivimos en un mundo de constante frenesí. Nuestro día es un no parar de actividades a las que siempre parecemos llegar tarde: el trabajo, los niños, el supermercado… es un torbellino constante que nos arrastra.

Y, sumidos en este desasosiego, nos dejamos llevar por las necesidades que nos marca la sociedad y nuestro entorno, olvidándonos incluso de algo tan sencillo como respirar. 

Pasamos los días a máxima velocidad, y nos convertimos en consumidores de todo aquello que sea rápido, eficaz, y aparente. Aceptamos cualquier cosa o persona que nos haga sentir, al menos un instante, que tenemos el control de nuestro tiempo.

Pero, de pronto y sin avisar, llega el verano. Y, con él, las vacaciones… las escapadas a algún lugar exótico… y el tiempo. 

Es en este tiempo libre donde nuestro verdadero ‘yo’ hace aparición, como un ser que ha pasado demasiado tiempo dormido, o al que no hemos escuchado por el ruido de la ciudad. 

Ese ‘mini-yo’ representa todos nuestros sueños de niños, nuestros anhelos más profundos, nuestras fantasías y nuestra forma de ver el mundo. 

Y nos paramos a pensar en todo lo que ha ocurrido en los últimos 11 meses. Aquella cena que no disfrutaste; la llamada que no hiciste; aquella reunión frustrante que pagaste a gritos en casa, ese beso de buenas noches que no diste porque “estabas demasiado cansado”…

Por suerte, el verano nos hace volver. Volver a ser nosotros. A recuperar nuestras vidas, a decidir con el corazón, a evitar la forma para tocar el fondo. A volver a respirar.

Y qué paz, qué bonito… que auténtico. 

Y es que volver a nuestras raíces, es la mejor forma de irse de vacaciones.