El anonimato, el insulto y el seudónimo se han convertido en el recurso general de los personajes tristes y sin vida que, incapaces de superar su cobardía, muestran su valentía asintomática por la banda ancha. Los comentarios en Internet están, con demasiada frecuencia, teñidos por la ansiedad de hacer el mal o de divulgar la maldad y la falsedad.

Los periódicos (este también, desde su primera hora) explican que los comentarios insultantes, irrespetuosos o anónimos no tienen cabida en sus páginas. Esa buena proposición se mantiene en los impresos, pero la velocidad de la red, y también la generosidad de la red, ha hecho que ese reino del insulto y del anonimato aparezca en los comentarios a trabajos que merecen consideración, discusión, controversia, pero que no merecen ni el anonimato ni el insulto, y ya se sabe que el anonimato es una manera aviesa del insulto.

Que los ciudadanos opinen libremente es un signo de madurez democrática. Ahora bien, el supuesto mal uso de las redes sociales está acotando y poniendo límites al derecho a la libertad a través del linchamiento masivo de figuras públicas o privadas.

El resumen de todo esto queda marcado por esas personas que disfrazados de patéticos personajes plasmados en perfiles de 260×260 píxeles se dedican a asignar carnets de bueno o malo. Gente que, se entiende, no es consciente del daño que hacen en personas que están fuera de su círculo de actuación.

Al final, todo es lo mismo, solo es chusma digital que busca lo que critican. Todo son envidias demostrando que quien critica son las personas más insatisfechas con sus vidas. Personas que necesitan bajar lo de fuera para subir lo de dentro, personas a las que molestan que los logros de los demás no sean los suyos, personas que prefieren poner pegas a proponer soluciones, personas negativas o personas vacías y con baja autoestima. En resumen … tristes vidas.