#Hashtag: Buen ciudadano


Estoy preocupada. Perdón, #estoypreocupada.

Que las redes sociales se han convertido en herramientas imprescindibles para nuestro día a día es algo que ya sabemos. Divulgamos nuestras opiniones en Facebook, criticamos en Twitter, posamos para Instagram, y sufrimos por la batería del móvil por el whatsapp.

En casi todas estas redes, el gran protagonista es el hashtag, que nació como una herramienta para catalogar lo que decimos en una temática; así pues, el símbolo de almohadilla (#) seguido de una palabra clave, se convirtió en la base del mensaje a trasmitir.

Sin embargo, el hashtag se ha convertido en la fuente por excelencia de los “likes” que marcan nuestra actividad en la red. Y parece que una persona no vale nada si no consigue un número irrisorio de corazoncitos en sus publicaciones, llegando al punto de hacer acciones potencialmente peligrosas (challenges) por conseguirlos.

Rompamos una lanza a su favor. Algunos challenges en Instagram están enfocados a algo positivo: el “Ice Bucket Challenge” recaudó fondos para la investigación del ELA, y actualmente, está de moda el “Trashtag Challenge”, centrado en la limpieza de los espacios naturales a cambio de likes.

Y aquí entra mi preocupación. ¿Habría la misma movilización a favor de nuestro planeta, si no fuese por un Challenge? ¿Deberíamos crear un Challenge para aumentar la participación en las elecciones? ¿Para frenar el maltrato? ¿Para terminar con la pobreza en África, tal vez?

¿Necesita el ciudadano del siglo XXI un challenge para actuar? ¿Será el hashtag el nuevo 4º poder? De ser así, estamos en una situación de “balconing” de la esencia humana al que yo, en ningún caso, daré like.