El caparazón de Tres Cantos

El caparazón de Tres Cantos

Redacción | Antonio Martín.

Cuando hablamos de tortugas acuáticas en la ciudad, automáticamente pensamos en las del lago del Parque Central. Estamos evocando al galápago de Florida (Trachemys scripta) una especie invasora proveniente de Norteamérica y establecida por la suelta prolongada de ejemplares. Como el resto de las especies invasoras, este reptil desplaza y extingue la fauna local por motivos como la competencia por el espacio vital, el alimento, la transmisión de enfermedades o la depredación directa. De hecho, es una de las especies invasoras más nocivas y extendidas en la Península, hasta el punto de que se ilegalizó tenerla como mascota.

Uno de los mayores perjudicados es, precisamente, la tortuga que realmente es autóctona del municipio y la que seguramente no te venga a la cabeza a menos que las hayas visto por el Arroyo de Tejada. Hablamos del galápago leproso (Mauremys leprosa). Su nombre se debe a que segrega un mal olor al sentirse amenazado y a que, al salir del agua, arrastra trozos de algas simulando jirones de carne característicos de esta enfermedad. Puede resultar una descripción desagradable, pero es un animal sorprendente básico en embalses, charcas y riberas.

Una curiosidad común a los galápagos es que pueden permanecer semanas bajo el agua. La respiración consiste en un metabolismo aerobio que intercambia oxígeno por CO2, pero claro, bajo el agua no pueden respirar. Para obtener energía alternan a un metabolismo anaerobio, cuya sustancia de deshecho es el ácido láctico, un producto tóxico. ¿Te acuerdas cuando juntabas vinagre y bicarbonato y se neutralizaban? Pues aquí la base es el carbonato cálcico del caparazón, aunque por supuesto esta reacción ácido-base no se desarrolla de forma tan explosiva. Nuestra forma de deshacernos del ácido láctico cuando no nos basta con el oxígeno (es decir, cuando hacemos mucho ejercicio) es guardándolo en cristales dentro de los músculos: las agujetas. Se podría decir que esta vez las tortugas han ganado la carrera. 

Por desgracia sus singularidades se pierden día tras día, precisamente por amenazas como las especies invasoras. No es culpa de las tortugas estar en un lugar que no les corresponde. Es culpa del ser humano por el comercio de especies y sobre todo por la irresponsabilidad de soltar animales alóctonos en el entorno. Lo mínimo que se merecen esos animales es que seas considerado con ellos y te plantees si vas a poder mantenerlos. Si aun así te has equivocado, puedes contactar con los centros de recuperación de fauna y otras entidades que trabajan por la conservación en vez de cometer un error que puede generar un daño ecosistémico irreparable.

Así que, la próxima vez que veas una tortuga en el municipio, párate a distinguirla, piensa en su fascinante biología y sobre todo haz lo posible para que el verdadero galápago de Tres Cantos siga nadando en nuestras masas de agua.