Hay que cambiar el mundo

Hay que reciclar. Hay que eliminar el hambre en el mundo. Hay que acabar con las guerras. Hay que… Pero, ¿quién?

Criticamos a nuestros políticos por no proteger el medio ambiente, pero en casa, el vidrio acaba en el orgánico porque “el contenedor de reciclaje está muy lejos”. Nos quejamos ante la falta de financiación cultural, pero criticamos la inversión para restaurar Notre Dame, y presumimos de ser los mejores pirateando películas en HD. Criticamos que los ricos y las empresas no gasten sus millones en África mientras huimos de los voluntarios de ONG’S que nos piden un donativo para la causa.

Criticamos con la boca grande, y actuamos con las manos pequeñas; y es que resulta mucho más fácil ver los errores cometidos por otros, que reconocer la inacción propia, producto del costumbrismo en el que vivimos día sí, día también.  Hay una frase que se le ha atribuido a varios autores, entre ellos Einstein, que encaja a la perfección: “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Tal vez es el momento de dejar de mirar arriba, esperando que los más poderosos, o los más ricos, hagan el trabajo. Tal vez sea el momento de cambiar las cosas desde abajo; cambiar el “hay que cambiar el mundo” por un “voy a cambiar el mundo”, en primera persona. 

Cambiemos el mundo, todos. Empezando por cosas pequeñas e individuales: plantar un árbol, reciclar, ayudar a los más desfavorecidos, hacer un voluntariado, pagar los libros, las películas, la música. Mostremos con nuestras acciones el cambio que queremos ver en el mundo, seamos el ejemplo a seguir. Porque “hasta el más pequeño puede cambiar el curso del futuro”.