Cocoon GOLD | “Los cuidadores me salen buenísimos”

Arranca el día en una urbanización de las afueras de Madrid. Daniel visita al vecino que cuida de su madre para pagarle. Todavía no le ha dado de alta en la Seguridad Social, ya que considera que esta situación le abarata los costes. Piensa además que al ser el hogar familiar el lugar de trabajo, las inspecciones de empleo son menos probables. Pero ¿qué riesgos está asumiendo la familia con esta decisión? Sanciones económicas, enfermedades laborales del cuidador que jamás serán reconocidas, riesgos en la salud del anciano…

La ley respalda los derechos de los cuidadores y responsabiliza a las familias de hacer una contratación legal. Además, la Seguridad Social tiene derecho a reclamar las diferencias salariales durante cuatro años, más un 20% de recargo y una posible sanción por falta de cotización que puede ascender entre 600 y 100.000 euros.

“Lo acabas viendo como normal y no lo es”, dice meses después Daniel. Su vecino, el falso cuidador, una persona que consideraban de confianza, les ha denunciado y reclama su salario correspondiente de forma retroactiva durante un año. Ahora, la ley no ampara a la familia ante este problema. Es la cara B de una decisión que no se imaginó que pudiera llegar a ocurrir, además de la incomodidad de la situación, ya que al ser una persona cercana, nunca se sintieron libres ni cómodos para expresar si algo no les gustaba.

A 20 km de Daniel está la casa de Rubén. Este se mueve de un lado para otro nervioso. El cuidador de su padre le ha avisado en el último momento de que este fin de semana no podrá trabajar y necesita encontrar a alguien que le sustituya. “Es un marrón enorme”, asegura. El rol que asume Rubén realizando una gestión propia le supone un esfuerzo abrumador. Recuerda que ha llegado a obsesionarse. “Parece que tengo una empresa, entre la gestión laboral (contratos, nóminas, pagos mensuales), cambios de cuidadores (bajas médicas, vacaciones)…”, afirma.

Asegura que, además, dar con un cuidador con garantías puede ser un auténtico quebradero de cabeza. Y en caso de dar con el perfil buscado, en ocasiones se descubre que no tiene papeles, y que no es posible contratarle.

Para este año, Rubén se ha propuesto encontrar un nuevo cuidador, “cuando termine de investigar cómo funciona el tema de las indemnizaciones”, señala y admite que está pensando despedir al cuidador pero que no sabe cómo abordar el problema.

Mientras, en la urbanización de al lado, una mujer reza: “¡Que no entre el bicho aquí, que estoy muy bien así!”. El bicho se ha quedado a las puertas de la casa de Carmen, la madre de Mónica, quien ha tenido la suerte de no presentar síntomas del coronavirus.

Tal vez, los rezos de Carmen han protegido su casa, o tal vez el mérito sea de su hija que decidió recurrir a una empresa que le seleccionó al cuidador más adecuado. La mujer asegura que apenas llega el cuidador a casa de su madre, se lava las manos y se pone guantes y mascarilla. En su caso, Mónica recurrió a la agencia de colocación Cocoon GOLD, que le realizo la selección y todos los trámites de la contratación sin moverse de casa, “una cuota mensual y me olvido de todo”, nos dice. Los problemas posteriores, como alguna sustitución en verano o unas horas extras lo han solventado también ellos, “pero lo mejor es la tranquilidad de saber que mi madre esta en buenas manos, el control del asesor familiar que me han asignado me da muchísima seguridad en la calidad del cuidado”, asegura.

“Cocoon GOLD se encarga de seleccionar al personal más adecuado para cada hogar, teniendo en cuenta la patología del anciano, su personalidad y sus costumbres, la situación de la familia, etc. Además, procuramos que la entrada de los cuidadores en la casa no sea algo frío. Un asesor familiar les acompaña en la primera presentación y es el encargado de realizar un seguimiento posterior, facilitando el buen funcionamiento del servicio en todos los aspectos”, nos apunta Nieves Quiñones, la Responsable de la Coordinación de los Asesores Familiares.

Ahora, cuando Mónica va a ver su madre, está con ella y no se tiene que preocupar de nada, solo de disfrutar de un rato con ella, “Cada día, a la seis de la tarde, vengo y bailamos juntas el Resistiré”, cuenta Mónica, sentada en el sofá junto a su madre, que le mira y asiente.