Carta de la nieta de una fallecida por COVID en la residencia Ballesol

Cuando se mete a un familiar en una residencia es por necesidad. Puede que haya casos de “abandono” o desinterés, pero muchas veces detrás de esa persona mayor, de ese residente, hay una familia preocupada y con un gran sentimiento de culpa por haber tomado esa decisión tan desesperada. Los horarios de trabajo, la propia situación personal o familiar (a veces tenemos a más de un familiar al que cuidar), dificultan mucho las cosas… Dar ese paso es muy duro, pero peor aún es el proceso que viene después.

Una vez tomada la decisión, toca buscar la residencia. Quizás pueda parecer que hay muchas residencias en Madrid pero cuando a uno le toca buscar, de repente las opciones se vuelven limitadas. Es de sobra conocido lo complicado que resulta conseguir plaza en una residencia pública y que las posibilidades de que te la den en la “otra punta de Madrid” son enormes. El factor distancia es importante no por una cuestión de comodidad, sino porque no todos conducimos o tenemos un horario de trabajo que nos permita visitar a nuestros familiares todo lo que quisiéramos. Respecto a las residencias privadas, tampoco son tantas las opciones, las que más “te atraen” no siempre tienen plazas disponibles. Por no hablar de los precios. Así que toca seguir buscando y poco a poco, ir bajando las expectativas…

Por eso, cuando se escuchan comentarios del tipo: “Hay más residencias, si no estás de acuerdo puedes marcharte”, o “Si no te gustaba, ¿por qué no la sacaste?” duelen muchísimo… ¡Ojalá fuera tan fácil!

Después, pasan los años, y durante ese tiempo ves de todo. Ves auxiliares que trabajan con una paciencia increíble, y auxiliares quemadísimas e, incluso, destrozadas físicamente; ves profesionales encantadoras, siempre sonriendo a residentes y familiares, y otras, que parecen témpanos de hielo; ves actividades organizadas para entretener y estimular a los abuelillos, pero también ves muchos abuelos atados y/o aparcados como muebles… 

Conozco muy de cerca lo que implica trabajar con personas con altas necesidades de apoyo y lo difícil que puede resultar a veces coordinarse, trabajar o tratar con sus familias. Siempre he pensado que trabajar en una residencia debe ser durísimo, que no sirve cualquiera y que se necesita mucha, mucha VOCACIÓN. Pero que valore y respete el trabajo de los profesionales, no significa que esté de acuerdo con cómo se están haciendo las cosas. Por favor, ¡seamos honestos! Y reconozcamos de una vez que la situación de muchas residencias no es precisamente la ideal… El problema es que nos resignamos y normalizamos situaciones como que nuestros familiares huelan mal, que estén con los dientes sin lavar, con pañales desbordados de pis, o con la misma ropa sucia durante días… 

Y entonces, llega el Covid y con él, una Pandemia Mundial. En cuestión de días se multiplican los enfermos y los fallecidos, los hospitales se desbordan… y las residencias se convierten en ratoneras.

No conozco, al menos de primera mano, la realidad de todas las residencias de la Comunidad de Madrid. Quiero pensar que no todas funcionan igual y que en muchas, pese a las circunstancias, todos los residentes han sido atendidos de manera intachable. 

Pero en mi caso concreto, en la residencia Ballesol de Tres Cantos no lo tengo claro… La actitud (y la falta de comunicación) adoptada por la residencia me ha hecho DESCONFIAR mucho. El que calla, otorga; y el que no da la cara, es porque algo oculta. 

Ojalá, en algún momento la dirección se hubiese puesto en contacto con nosotros para explicarnos cómo era la situación en nuestra residencia, qué tipos de medidas se estaban llevando a cabo… y lo más importante, cuál era el estado de salud de cada uno de nuestros familiares. Pero no, esto nunca pasó. En cambio, nuestras llamadas telefónicas fueron atendidas, en el mejor de los casos, fríamente y con un tono cortante. A todas nuestras preguntas, una única respuesta: “No estoy autorizada a dar esa información”. 

Sinceramente, no tengo claro  a quién correspondía informarme sobre el estado de salud de mi abuela, si a la dirección o al equipo de médicos de la residencia, pero sí sé que esa información no llegó hasta uno o dos días antes de derivarla al hospital, cuando “ya estaba muy malita”.

Derivación, por cierto, que se realizó por nuestra insistencia ya que la recomendación de la doctora de la residencia era de no hacerlo. Por lo visto, a mi abuela le acaban de realizar una supuesta prueba de Covid y había dado negativo; el riesgo de contagiarse en el hospital era muy alto. Sin embargo, en el hospital rápidamente la aislaron y nos informaron de que el cuadro que presentaba era muy grave y seguramente a causa del Coronavirus. En efecto, la prueba del hospital dio positiva y mi abuela falleció por culpa de ese virus, como indica su certificado de defunción. 

Más tarde cuando hemos solicitado a la residencia el informe médico de mi abuela esa supuesta prueba no aparece por ningún lado. Hemos reclamado en varias ocasiones que por favor apareciera en el informe pero en palabras de la propia directora: “aunque la doctora nos hablara de la prueba si no está apuntada en su historial no lo pueden reflejar en el informe médico”. De nuevo, la actitud de la residencia me genera Desconfianza y me hace sentir que me Mienten. Con este sentimiento, un pensamiento recurrente: “Si son capaces de mentir con algo tan serio como una prueba de Coronavirus, ¿con qué más nos habrán mentido?”

Creo que lo sucedido en Ballesol con el Coronavirus ha puesto en evidencia algo que venía pensando durante los últimos años: que no es la residencia maravillosa que te venden.

Demasiado “pijoterio” en una residencia donde, sin manera justificada, cambian el mobiliario (que ya me gustaría para mi casa) en lugar de invertir ese dinero en, por ejemplo, más pañales para los residentes. Pañales, que no solo mejorarían la calidad de vida de sus clientes, sino que disminuirían las frecuentes infecciones de orina que sufren muchos de ellos (idea que nace de conversaciones con los médicos de La Paz en diferentes ingresos). 

Demasiado pijoterio para una residencia que, en pleno siglo XXI y en un país del primer mundo, ha tenido “posibles” casos de SARNA pero que, curiosamente, han tratado de forma “más que discreta”.

Es cierto, no tengo pruebas legales que demuestren lo que digo. Pero que no las tenga, ¡no significa que mienta!

Además, lo que digo no lo digo desde el dolor o la rabia, ni desde el duelo que, por supuesto, estoy viviendo y que me quema el alma. Hablo desde el conocimiento de causa. Desde el conocimiento de una nieta que ha ejercido el rol de hija y que por lo tanto, ha participado activamente en la búsqueda de residencia (antes de que su abuela entrara en Ballesol y durante los años que ha estado dentro); que ha acompañado a su abuela infinidad de veces al médico de atención primaria o a diferentes especialistas; que ha velado a su abuela todos y cada uno de los días que ha estado ingresada en algún hospital; que ha visitado a su abuela en la residencia dos veces por semana durante casi ocho años (hasta que su propio estado de salud se lo impidió); que ha hablado y tratado con los médicos y demás profesionales de la residencia…

Denunciar algo públicamente, no es nada fácil. Es más, te expones demasiado y te conviertes en un blanco fácil. Es una situación que desgasta mucho y que llega, incluso, a dar miedo… Hay que estar muy convencido de lo que se dice y creer firmemente en los valores que se defienden para atreverse a hacerlo

Lo vivido en las residencias durante esta pandemia ha sido una situación que ha afectado tanto a los residentes y a sus familiares, como a los propios profesionales. Ellos mismos lo han dicho, que han estado sobrepasados, que no han contado (sobre todo al principio) con los recursos o medidas de protección adecuadas, que muchos de ellos se han contagiado… Y en medio de este caos, después de todo lo que se ha sido publicado en los medios de comunicación, y sin haber recibido ninguna información por parte de la residencia, ¿tengo que creerme que todos los residentes han sido atendidos de manera intachable? Sinceramente, no puedo… Y no es que no quiera; de hecho, creerlo me ayudaría a pasar mejor mi duelo. Pero estoy convencida de que por mucho que algunos profesionales se hallan partido el lomo, ha sido imposible. Imposible por las circunstancias derivadas de la pandemia, y por las carencias previas de la propia residencia.

Con mi escrito no pretendo faltar el respeto ni ofender a nadie, y mucho menos a los profesionales que trabajan en residencias. Es más, valoro muchísimo su trabajo; un trabajo durísimo, poco valorado, y seguramente mal pagado y con unas condiciones laborales más que cuestionables. Pero sigo pensando que esta pandemia ha demostrado que el sistema actual de gestión de residencias no funciona, y que se han cometido errores de los que se debe aprender. Reconocerlos es el primer paso para poder cambiarlos. 

Me gustaría generar Reflexión y, por qué no, un CAMBIO. Reflexionar sobre lo que ha fallado para generar propuestas de mejora a nivel estatal/autonómico, y a nivel interno en cada residencia. 

A las residencias, a sus residentes y a sus familiares les esperan meses muy duros. Esta pandemia todavía no ha acabado y la amenaza de posibles rebrotes sigue acechándonos. Las personas mayores son las más vulnerables pero, ¿por cuánto tiempo tendrán que estar aisladas? Sabemos que las consecuencias del aislamiento son brutales, especialmente en personas como las que se suelen encontrar en las residencias: degeneración cognitiva, depresión, problemas físicos derivados por la falta de movilidad… 

¿Se van a aumentar y/o endurecer las inspecciones a las residencias? ¿Qué tipo de medidas se están llevando a cabo, o se van a llevar, para minimizar en los residentes las secuelas del aislamiento? ¿Qué medidas de prevención se van a llevar a cabo? ¿Se van a aumentar las medidas de higiene en general? ¿Qué tipo de formación se va a ofrecer a los trabajadores? ¿Se va a mantener la ratio de residentes por auxiliar o se va aumentar el número de profesionales? ¿Se va a preparar algún tipo de protocolo de actuación en caso de rebrote? ¿Cómo se atendería e informaría a las familias en ese caso? Son algunas de las muchas preguntas que vienen a la cabeza…Porque… “Empatizar es la capacidad de ponerse en el lugar del otros, sin perder la propia identidad; no implica resignarse o dar una situación por válida”. 

Fdo. Tamara Moral García, nieta de Amada Moral Pardo fallecida en la residencia Ballesol durante la terrible pandemia provocada por el COVID-19.